Declaratoria de la independencia del 1821 - Enciclopedia Virtual Dominicana

Declaratoria de la independencia del 1821

De Enciclopedia Virtual Dominicana

Declaratoria De Independencia del Pueblo Dominicano. (Independencia Efímera 1821)

No más independencia, no más humillación, no más sometimiento al capricho de la veleidad del gabinete de Madrid. En estas breves y compendiosas cláusulas esta cifrada la firme resolución que jura, y proclama el pueblo dominicano. Rompió ya para siempre este momento los gastados eslavones que lo encadenaban al pesado y opresivo carromato de la antigua Metrópoli; y asumiendo la dignidad y energía de un pueblo libre; protesta adelante del Ser Supremo, que resuelto a constituirse en Estado Independiente no habrá sacrificio que no inmole en el altar de la Patría para llevar a cabo la heroica empresa de figurar y ser admitido al rango de los demás pueblos del mundo político.

El ingnomioso pupilaje de 328 años es ciertamente una lección demasiado larga y costosa, que todos se engaña por sí sola y sin mayor esfuerzo de ningún fruto que se ha sacado de la fanática lealtad a los Reyes de España. Con éste falso ídolo, levantado por el error, y sostenido por una superstición política, se había logrado aletargar el espíritu y burlarse de la credulidad de un pueblo naturalmente bondadoso y sencillo. Ser fieles a la España, aguantar con una paciencia estúpida los desprecios de la España, no vivir, no moverse, no ser para nosotros, sino para la España, era todo y lo único en que hacíamos instruir nuestra felicidad, la fama y las virtudes, la recompensa de los más distinguidos servicios.

Si hay todavía entre nosotros almas tan bajas vendidas al servilismo que se atreven a contradecir estas verdades de experiencia, vuelvan por un instante sus fascinados ojos al espantoso estado de ruina y desolación en que yaces asumida la parte española de la Primada del Nuevo Mundo. No les pedimos que se remonten a la infausta época, en que una órden del Diván español fue bastante para demoler, porque no podía guardar las plazas marítimas de Bayaha, la Yaguana, Montecristi, Puerto Plata, a donde concurrían los holandeses y otros extranjeros a proveerlas de mercancías, que la Metrópoli no les proporcionaba. Acérquese de una vez a los recientes sucesos de nuestra edad, comenzasndo su exámen por el furioso huracán de la cesión: si están dotados de tantas insensibilidad, el diluvio de plagas que arrojó éste torbellino, y difundiéndose por el hermoso y fértil suelo de Haití, han convertido sus campos en desiertos, y sus más ricas y vistosas ciudades en escombros y cenizas. Echen todavía, si quieren un denso velo de melancolía historia de la muertes, hambres, y demás horrores del último sitio, que pusieron a esta capital los naturales para arrancar su posesión del poder de los franceses, y fijense únicamente en el día once de julio del 1809, día para siempre memorable, en que la Isla abandonada, la isla que sirvió de rescate a la provincias Peninsulares, Isla en fín que ocupadas por las victoriosas armas de la República Francesa, y la Isla en fin que salvo en aquella crisis apurada el trono vacilante de Carlos Cuarto, de su libre y espontánea voluntad, ata de nuevo los vínculos disueltos por el Tratado de Basilea, y se complace con el más sincero y cordial júbilo de la estrecha alianza que renueva con su antigua y desdeñosa Metrópoli.

EL RECLAMO POR EL OLVIDO DE ESPAÑA Y RECUERDO DE LA GUERRA DE RECONQUISTA).

"Sí Santo Domingo hubiera cometido desde su descubrimiento alguna enorme culpa, o contraído un grave trato para merecer la indignación y la ojeriza de la España, parece que con el arrojo y feliz éxito de la reconquista tenia derecho a esperar y un general olvido de su demérito, y las más afectuosas demostraciones de gratitud. Sin embargo, salgan a la palestra los héroes de ese rasgo de lealtad nunca visto en los anales de los pueblos fieles, las viudas, los hijos, los padres de los que murieron peleando por ser súbditos de una nación que cede, y acosa de su gremio como una manada de carneros, o han muerto de necesidad o están sujetos al mezquino socorro de dos o tres reales diarios de evellón: los que en campaña ocuparon los primeros puestos por su valor y habilidad apasenas entra en la plaza, descienden a los grados inferiores, o se quedan sin nada. D. Manuel Carvajal el brazo defensor de la Maguana, el segundo de D. Sánchez, y que se duda so sin fundamento si trabajó más qué para él, o sí se expuso con más frecuencia a los peligros de la guerra, está por recibir una expresión de que sus servicios han sido gratos. Con el mismo dolor murió Don Pedro Vásquez otro campeón de los que más se esforzaron y combatieron por el logro de la reconquista y al cabo de doce años sale diciendo el editor de la Miscelánea del día 11 último que para satisfacción de aquellos a quienes pueda interesar, se halla autorizado por el Jefe político para publicar, que en oficio del 7 de julio de este año que le ha sido dirigido el Ministerio de la Gobernación de ultramar, entre otras cosas le dice. S .E. que el Rey le ha mandado a avisar al Ministro de la Guerra lo conveniente para que se despachen los grados y condecoraciones concedidas a estos naturales por la conquista" Negritas de los autores.

No es ya tiempo de que se nos quiera adormecer y arrullar, como a niños, con estas vanas esperanzas. Las mismas ofertas se han hecho y repetido en diferentes ocasiones, y estamos por ver su cumplimiento. Es menester que nos repute y tenga todavía en la clase de unos imbéciles y faltos de nacionalidad como se creía a los principios del descubrimiento de la América, para que el ministro de ultramar, el Jefe Político y el redactor de la Miscelánea se figuren que con esa gota de agua fría puede apagarse el furioso volcán de indignación que ruge y brama reconcentrado en el corazón de los naturales para despachar patentes de grados superiores a los europeos, conferirles los primeros puestos militares, destinar a esta plaza oficiales, ociosos sin cuerpos ni compañías, organizar los dispendiosos ramos de artillería y de ingenieros, recargar sueldos sobre las exhaustas rentas de esta Provincia, para éstas y otras medidas que de un día la llevan rápidamente a su exterminio, si han tenido sobrado lugar los ministros, y no se ha necesitado de reiterar las órdenes del Rey; más doce largos años no han sido bastante enviar los auxilios militares, que derramaron su sangre, y pensar los sacrificios de los valientes y liberales, que derramaron su sangre y dieron sus bienes para rescatar el suelo patrio de la dominación francesa, y presentarlo como una fresca victima a la España en testimonio a la más firme y tenaz adhesión.

Más ¿para qué anublamos con estos amargos recuerdos el hermoso y despejado día de la regeneración política de Santo Domingo? Si la serie de injusticias, agravios, abusos, vejaciones y abandono, fueran el único móvil de esta saludable mudanza, acaso ningún otro pueblo de América podría bosquejar un cuadro más cargado de negras sombras y espectros horrorosos que esta desgraciada isla. Ella fue la primera en el orden de los establecimientos, y está siendo la última en adelanto y progreso de cuanto constituye el bienestar de los pueblos. Sin embargo de lo cual, para justificar nuestra causa no necesitamos de recurrir a la odiosa enumeración de las tempestades y visitudes que hemos padecido: sentimientos de honor, principios de justicia, razones de utilidad y conveniencia pública son los nobles impulsos que nos estimulan a pronunciar el divorcio y emancipación de la España para siempre.

Desde el Cabo de Hornos hasta las Californias se pelea con ardor y encarnizamiento por el incomparable beneficio de la Independencia. En todas partes huye despavorido el caduco León de España, dejando desocupado el terreno a la fuerza vigor juvenil del de América. Ya reflejan el horizonte político los crepúsculos del gran día de los hijos de Colombia: aparecerá de un momento la risueña aurora de la Independencia de toda América. Los aduladores de la España no pueden resistir tanto golpe de la luz y se tapan o apartan lo ojos para no ver el majestuoso espectáculo de los extensos y poderosos estados que vienen con la cabeza erguida a colocarse entre las naciones; y cuanto los más remotos y desconocidos lugares concurren con sus esfuerzos al logro de las incalculables ventajas de esta nueva vida. ¿sería decoroso a la Primera del Nuevo Mundano tomar parte en esta heroica lucha? Santo Domingo ha recibido en su seno a la estudiosa juventud de Caracas, Puerto Rico, Cuba, y Habana: ha prohijado en gremio y claustro de su Universidad a los naturales de todos estos pueblos cultos y sus avenencias: lo ha enloquecido con los grados y premios de todas ciencias: muchos de los héroes que figuran en el honroso teatro de su revolución. Bebieron aquí los elementos del saber;¿y puede hacerle honor, que habiendo sido uno de los focos principales de la ilustración Americana sea la última en reconocer los eternos principios del orden social? La patria de los Morfas, los manieles de Don Juan Sánchez y Marcos Torres, la que ha sacudido tantas veces el yugo de las potencias europeas en Sabana Real, en los monte de Najayo, en Palo Hincado, ¿podrá mostrarse el tiránico imperio de sus Conquistadores? De todo nos ha despojado la España; pero nos queda el honor y fortaleza de nuestros padres.

Sabemos con evidente certeza que los hombres renunciaron la independencia del estado natural para entrar en una sociedad civil que les afiance de un modo estable y permanente la vida, la propiedad y la libertad que son los tres principales bienes en que consiste la felicidad de las naciones. Para gozar de estos derechos se instituyen y forman los gobiernos, deribando los justos poderes del consentimiento de los asociados; de donde sigue, que si el gobierno no corresponde a estos esenciales fines, si lejos de mirar por la conservación de la sociedad se convierte en opresivo toca a las facultades del pueblo altera, o abolir su forma y adoptar otra nueva que le parezca más conducente a su seguridad y futuro bien. Es hora buena, que los gobiernos, fundados de largo tiempo, no se cambien por ligeros motivos y causas transmutes. La prudencia dicta que se sufran los males, mientras sean soportables, pero cuando tocan en el último ápice, cuando la misma experiencia demuestra que el designio es reducirlo todo a un absoluto despotismo, entonces sería degradarse de seres racionales y libres, si los hombres no desechasen en el momento un gobierno diametralmente contrario ha estos fines de originaria institución.¿Y quién a a luz de estos principios no aplaudirá como justa lo que hoy adopta en el suyo la parte española de Haití? Cuantos azotes, infortunio y desastres puede abortar la hidra del despotismo, otros ha sufrido Santo Domingo durante su vergonzosa sumisión a la España; luego es de la primera obligación, y unos de los más sagrados derechos que nos impone el amor a la patria, procurar con eficacia y por cuantos medios están a nuestro alcance, la felicidad que la Metrópoli no ha sabido o no ha podido asegurarnos por llevar adelante sus miras de abatimiento y tiranía.

Estamos plenamente convencidos de que para conseguirla y aumentarla, no nos queda otro camino que el de la independencia. Con ella tendremos leyes formadas por nosotros mismo, análogas al genio, educación y costumbres de los pueblo, acomodadas al clima y localidad, y nuestra representación nacional sobre la proporción numérica guardará una perfecta igualdad dentro de los pobladores de esta provincias, no servirá de alimentar la discordia entre varias clases, como ha sucedido con las bases establecidas por la Constitución de Cádiz. Arreglaremos el poder judiciario de manera, que, ahorrándose tiempo y gasto no se falte a la buena administración de justicia en cohibí y criminal, ni se saquen los recursos fuera del territorio. Atenderemos con especial cuidado a la educación de la juventud tan abandonada hasta ahora, porque sin ella no son eficaces todos los deseos de pública felicidad. Nos dedicaremos al fomento de la agricultura, las artes y el comercio, como las únicas y verdaderas fuentes de la riqueza de los pueblos; arreglaremos nuestras rentas sobre el dogma fundamental de no gastar más de lo que tenemos y es compatible con la riqueza territorial: vendrán a nuestros puestos todas las naciones en estado de proveer a nuestras necesidades y dar estimación y salida a los frutos del país; en lugar de la España, a más de carecer de los principales artículos de nuestro consumo nunca ha sabido negociar de otro modo que ha beneficio de la exclusíva y con las languideces del monopolio, que de que como hijo ilegítimo, Nóe y se deriva de aquel absurdo principio. Todo, en fin tendremos.

En casa y nada saldremos a buscar mil trescientas leguas de distancias, donde no se ven nuestras necesidades ni puede haber interés en remiediarlas al tamaño de la urgencia.

Enredarla la España en el intricado laberinto de sus nuevas instituciones, lucha con los enemigos internos, que cara descubierta y con ardides máquina la destrucción. Un pero de ejército de cincuenta mil hombres de tropas veteranas y de ochenta mil milicias nacionales son o en peques con que se empuja y quiere hacer manchar el lento y perezoso sistema constitucional: las potencias europeas más poderosas le infunden recelo y sobresalto, porque, a pesar y quiere de sus protestaciones de amistad y buena inteligencia, descubren síntomas de descontento con que miran la depresión de los tronos absolutos, en que todas las desean sostenerse firmes y tranquilas. Las legislaturas de los años veinte y uno que corre han votado cada uno el emprérestito de doscientos millones que les faltan para llenar el cupote los gastos comunes y ordinarios del tiempo de la paz a pesar de las bajas cercanas que se lisonjean haber hecho en todos los ramos de la administración pública. El oro y la plata de América ya no huyen precipitados a derramarse en la tesorería de Madrid: los corsarios independientes apresan en todos los puntos de precisa recalada a la visita de Cádiz, y por todos los cabos litorales de la Península los mal aviados y escasos vageles de un lánguido y mezquino comercio, porque no y hay fuerzas navales que los protejan. Siendo éste el verdadero y deplorable estado de la Nación Española, sería la una consumada insensatez de nuestra parte esperar socorros y mejoras de laque nos mendiga para sus apuros, y no atina a sosegar sus turbarciones domésticas.

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