Gladio Hidalgo - Enciclopedia Virtual Dominicana

Gladio Hidalgo

De Enciclopedia Virtual Dominicana

Se dice que los elegidos mueren a temprana edad. Este joven talento murió cuando apenas tenía 27 años y mostraba una sensibilidad fecunda, convertido ya en una promesa de nuestras letras. Su primer libro, Los nocturnos del acaso, con prólogo de Moreno Jimenes, así lo confirma. Dejó otro libro inédito, además de una novela, desgraciadamente desaparecidos.

Su verdadero nombre fue Rafael Antonio Hidalgo. Nació en Santo Domingo el 7 de abril de 1910 y murió en la misma ciudad el 9 de enero de 1937.

Obra publicada:

Los nocturnos del acaso (1937).

Obras


El Hospedaje

En sombras de ignorancia, duerme la audacia.

Los eternos fantasmas de la desgracia

se ocultan tras la risa de sus caretas...

Y un bullicio de radios, vuela a la loca

entre menesterosos y alma de roca

sobre la muchedumbre de mil casetas.

Oh, casetas hijastras del Improviso,

de cal embadurnadas, de negro piso

cuyo interior trasciende a laceria y yodo,

donde el hado Refugio tiembla de frío

¡se muere la Vergüenza, reina el Hastío,

se despereza el Hombre y bosteza el Lodo!

Revuela el oro alado de las abejas.

Por entre los fangales de las callejas

cruzan las carretillas con sus farolas,

y bajo la techumbre de los aleros

duerme una fosca banda de pordioseros

y la Suerte y el Sino charlan a solas...

Como a un oasis llega la caravana

que anhela las caricias de la mañana.

Persiguiendo la pista de las pastoras,

bajo anticuada veste, ronda el labriego;

y avivan sus doradas muecas de fuego

y sus cabellos de humo: las «humeadoras».


Se abren las ricas pilas al sucio suelo

por donde entre las cargas, cruza el pilluelo

con ojillos de astucia y gestos de charro,

mientras un negro corro de campesinos

refiere los asaltos de los caminos

fumando sus negruzcas pipas de barro.

Suenan tras la enramada las rudas coces

entre un disperso coro de escasas voces,

y sobre el rubio junco de las esteras

al nocturno bochorno de las arcadas,

duermen las campesinas, abandonadas,

y ruedan los infantes de las cualquieras...

La implacable Miseria se alza en su trono

sobre los pedestales del abandono.

Mercurio hace codicia de sus aletas,

hasta que la silente fortuna acuda

y la canción del oro se torna muda

cerca de las esteras y las mesetas.

Cesaron las canturias de los voceros.

Ante los mostradores de los tenderos

sube azul de tabaco y olor a alcohol,

y en medio de la turba de las gitanas

prestas al sortilegio de albas mundanas,

creando paradojas, charla Sampol.

La luz de las ampollas, en charcos, erra.

Sobre la podredumbre de negra tierra,

bajo inmisericorde toldo de cielo,

divagan los pollinos aparejados

junto a los hortelanos, que amontonados

dormitan sobre frutos del patrio suelo

Indiferente al tizne del recipiente

sahumó el rubí de brasas, el agua hirviente

que aguardan, cenicientos, los coladores,

para tornar el áureo café caliente

en sorbo que amenice la incoherente

charla de los cuentistas trasnochadores.

Al par de los relatos de las triviales

historias picarescas, sentimentales

revuelan los preludios de las guitarras

con las rojas luciérnagas de los braseros,

y el punto de partida de los troveros

ameniza el concierto de las cigarras.

Olor a viñas muertas vaga a distancia.

El vaho de las aves, con la fragancia

de los racimos huéspedes de los rincones

mézclanse mientras vibran en los sitiales

los acres alaridos de los timbales

y harto se desperezan los acordeones.

La luna irguió sus oros plenilunares,

al eco sonoroso de los cantares,

humedecido y fétido, sueña el establo,

en tanto que se yerguen como panteras

las belicosas turbas de las rameras

torvas como Lujuria: la hija del Diablo.

La Promesa de La Madre

Tú lo comprenderás... ¡pero muy tarde!

cuando mi escasa juventud, rendida,

sea, tan sólo, la nube de un alarde,

bajo el azul del cielo de tu vida.

Esta inutilidad que en mí vislumbras

es un clarín de alerta entre barrancas,

porque adoro el silencio y las penumbras,

los días negros... y las noches blancas.

Nada me importa la existencia enferma

desta Villa Esmeralda que irrisoria,

tragó miserias, y, a la luz de esperma,

nubló mi cuarto y se perdió en mi historia.

He sufrido, al azar, las decepciones

que aniquilan el ansia de ser bueno,

porque virtud sin oro ni blasones...

maldito el lirio que surgió del cieno!

Pero yo he de llegar... tal como el río

que las heridas de un desierto estaña;

sin estos ímpetus de mar bravío

que toca cielo si se alzó montaña.

Sé que juzgas pueril esta agonía

de arte sin luz y soledad pagana

que florece en los cardos de mi vía...

Tú lo comprenderás... ¡Pero mañana


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