De Enciclopedia Virtual Dominicana
Aunque descendiente de una familia capitalina de buena solvencia económica, vivió en una época en que la educación formal era un privilegio reservado para el sexo masculino. Fue su tío materno, el poeta y periodista Manuel de Jesús Heredia quien la condujo por la ruta del arte y de la literatura ofreciéndole las primeras lecciones de gramática y retórica. Entre 1855 y 1856 publicó muchas de sus composiciones poéticas en el periódico El Oasis, órgano de difusión de la Sociedad Amantes de las Luz, bajo el seudónimo de Lucía. Se le atribuye el haber sido la primera mujer poeta del país que dio a conocer sus escritos a través de la prensa. Muchos de sus poemas figuran en las principales antologías poéticas nacionales de la segunda mitad del siglo XIX. Su poesía, de contenido religioso, está marcada por el entusiasmo y la ternura que caracterizaron su espíritu de superación en el medio hostil que siempre la rodeó.
AL MAR
Levanta ¡oh mar! levanta tus ondas orgullosas
que dora con sus rayos purísimos el sol,
y deja que en tus playas ardientes y arenosas,
beber pueda raudales de noble inspiración.
Levántalas y deja que en vórtice rugiente
las unas tras las otras con regia majestad,
avancen y salpiquen mi atormentada frente
y luego ante mis plantas se vengan a estrellar.
Coloso formidable de ingénita armonía,
que abarcas con tus brazos el globo terrenal,
por ti levanta el vuelo mi hirviente fantasía
hasta las mismas gradas del trono de Jehová.
Tu música solemne más grata es a mi oído
que la sonora orquesta de espléndido festín,
que de nocturna lluvia el compasado ruido,
que el canto de las aves en plácido jardín.
Si en la borrasca fiera tus campos de zafiro
azota con sus alas furioso el aquilón,
de asombro estremecida tu inmensidad admiro,
y ante ella se anonada mi tímida razón.
¿Quién es el que te imprime la fuerza prodigiosa,
la indómita pujanza, la grande agitación?
Que encienden en mi mente la llama poderosa
del estro en que se abrasa mi ardiente corazón.
¿Quién es el que dirige el rumbo de tu ola?
¿Quién es el que te impide los mundos inundar?
Del Dios de las alturas la omnipotencia sola
que quiso a tu soberbia los límites fijar.
¡Oh! cuántas, cuántas veces ansiosa de admirarte
a tus hermosas playas mis pasos dirigí,
y viendo que era indigno mi numen de cantarte
la lira con despecho lancé lejos de mí.
¡Oh mar! desde la infancia tu ruido, tu frescura,
tu raudo movimiento, tu eterna oscilación
mi pecho entusiasmaban prestando a mi alma pura
placer indescriptible, mezclado de terror.
Y al ver como formaban inmenso torbellino
las perlas que tu seno derrama sin cesar,
pensaba que era el hombre un átomo mezquino,
conjunto deleznable de orgullo y vanidad.
Pensaba que la dicha y el gozo y los pesares
sucédense en la vida con tanta rapidez
cual tus volubles ondas que ruedan a millares
perdiendo al estrellarse su hermosa brillantez.
Mil veces con mi padre y con mi amiga Lola
vagando en tus orillas, sentíme arrebatar
por vértigo infinito al ver ola tras ola
mecerse en tus cristales con blando susurrar.
Hoy vengo y de tus olas en el embate fiero
en tu perenne, insólito, terrífico fragor,
encuentro ¡oh mar! el solo trasunto verdadero
de mi latiente, enfermo y ansioso corazón.
¡Gigante incomprensible! escucha; yo te amo,
en ti busco la imagen de tu Supremo Autor,
y en cambio de la gloria que a tu favor reclamo
te admiro, te saludo, te ofrezco mi canción.